Como una flecha
La luz empezaba a colarse por las rendijas de la persiana. Me di la vuelta y la vi, soñando con algo que seguro luego no recordaría. Traté de volver a dormir, pero aquellos pájaros de temporada graznaban sin parar sobre el pastizal frente a nuestra ventana, protegiendo sus nidos que, los muy estúpidos, hacen en el suelo. La seguí mirando, contemplando sus formas, su cadente respiración, sus largas pestañas, el brillo de su cabello, ese lunar perfectamente redondo bajo su ojo izquierdo. La observé pacientemente, esperando el momento en que lentamente abriera sus ojos y me dedicara su primera sonrisa. Pero tronó su teléfono, levantándola de un salto. La puso en pie de inmediato, ni siquiera mencionó palabra para luego vestirse con la misma ropa del día anterior, enjugar su boca con un buche de agua y salir apresurada del apartamento. Yo me quedé ahí en la cama, viéndome abandonado de improviso, tan temprano aquella mañana de junio.
Los días con ella, los años de compañía mutua, habían sido hasta hoy, relativamente pacíficos y llenos de mimos y alegrías. Me encantaba ver como se entregaba por momentos solo a mi. La casualidad, o las causalidades, nos hicieron cruzar nuestros caminos. Desde ese día en que nos vimos el uno al otro a los ojos en el parquecito que ambos frecuentábamos, supimos que podríamos vivir mejor haciendo uno del otro su compañero. Nunca le critiqué nada, no tenía porqué. Su vida se movía a un ritmo propio de ella, alegre, sin complicaciones, sencillo, abierto y espontáneo. Un día traía un cubo de helado y lo devoraba en una sentada; otro, corría por nuestro espacio moviendo cosas de un lado a otro, riendo y cantando al ritmo de todos esos artistas románticos letras de desamores y dolores del alma. Con sus largas uñas, muchas veces mal pintadas, me rascaba la cabeza hasta quedar dormida. Nos juntábamos en las noches para ver algo, cualquier cosa con algo de profundidad, en la televisión. A veces se emocionaba con esas imágenes nostálgicas y hermosas, como una puerta azul de madera brillando con las primeras gotas antes de una tormenta, o con el silencioso y metódico trabajo del asistente de chef separando cuidadosamente flores de las ramas de romero con unas diminutas pinzas. En otras reía desencajada viendo las desgraciadas anécdotas de una pareja de inútiles criminales de poca monta en el bajo mundo de Londres.
Creía conocerla. Tal parece que no era así. No supe nunca la razón de su repentina desaparición.
Un día, cuando llevábamos unos meses compartiendo cama, llegó a casa acompañada. Me invitó a esa improvisada reunión, donde se hablaron muchos temas, todos a la vez, de variada seriedad. Los demás parecían muy cercanos a ella, o al menos se entendían y reafirmaban en sus ideas con notoria pasión. La comprendí un poco más desde ese día. Sabía que sus motivaciones eran sinceras, pero a partir de esa reunión, la vi real y angustiosamente decidida. Aunque aparentemente caótico, su vivir tenía la claridad de una flecha afilada dirigiéndose a su objetivo. Sus días los hacía con el ánimo de la verdad en su interior. Nada podría detener esos ojos azules que contenían una ola de veinte metros en su interior. Nunca más recibió visitas.
Finalmente me levanté de la cama, fui por algo de comer y beber. Me senté al borde de la ventana, viendo y escuchando la mañana iniciar. Las territoriales aves poco a poco fueron dejando el lugar, para darle paso al ruido de la gente apresurarse hacia sus destinos. Aquel día transcurrió como todos los demás, pero esa noche ella no llegó. Ni la siguiente, ni la siguiente.
“Desaparecidos, varios jóvenes estudiantes que protestaban por el constante abandono y represión del estado, siguen siendo buscados por sus familias.”
“Como víctimas colaterales de dichos eventos, muchos animales de compañía murieron abandonados por sus desaparecidos cuidadores.”